Arizona
Arizona Los otros dos del cuarteto rodeaban a Ames; el primero era un gigante rubio, barbudo y descuidado; el segundo, un hombre pequeño y delgado, entrado en años y con cara de hurón.
—Es un vaquero, Steele —dijo Amos—, y nos ha dado un susto de muerte por nada. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
Lo que pensase el individuo de la cara de hurón se lo reservó para sà mismo.
—Bien, dénos usted ahora su filiación —continuó Steele.
Ames comprendió que, como muchas otras veces, habÃa caÃdo en mala compañÃa. Lenta y tranquilamente, bajó las manos y replicó de una manera que correspondÃa a sus movimientos:
—Seguro, en pocas palabras y bien dichas. Por razones particulares me metà en el cañón y bajé a HavasupÃ. Perdà mi acémila y las provisiones al atravesar el rÃo a nado. Subà por el camino de Shimuno y, luego, me he perdido, cosa natural, pues este paÃs es nuevo para mÃ; seguà caminando hacia el Norte. Cuando llegué a este cañón hacÃa mucho aire y me metà en él; no he visto las huellas de ustedes hasta que he llegado al fondo. Esto es todo… No sigan asediándome y dénme algo de comer y de beber.
—Bien, todos tenemos razones particulares para las cosas. No quiero ser curioso. Pero ¿cómo se llama usted?