Arizona
Arizona —No tengo un céntimo y tendré que trabajar para un mormón, o para cualquiera que no sea muy minucioso con las referencias.
—Puede usted vender su caballo. Le doy cien dólares y el mío encima —dijo Steele con la persuasión del chalán de nacimiento y una nota en la voz desagradable para Ames.
—Gracias, Steele; lo tendré en cuenta —respondió pensativo. Sabía cómo desenvolverse en aquella situación y llegó de un salto a sus conclusiones.
—Somos de Nevada —continuó confidencialmente Steele—. Yo y Noggin somos socios y Amos es nuestro cocinero. Hemos perdido unos cuantos caballos en el Virgen. Han sido conducidos a este cañón y hemos contratado a Heady para que nos guíe, pero es lo mismo que buscar una aguja en un pajar.
—¿Un caballo salvaje les ha descarriado los suyos? —preguntó Ames con inocencia, sabiendo perfectamente que Steele mentía.
—Ladrones de caballos —informó Steele—. ¿Es usted uno de esos que pueden seguir la pista de caballos sin herrar, sobre las rocas?
—No; me gustaría —mintió Ames con frialdad—. Mis caballos están siempre herrados.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Lo cual quiere decir que se ha pasado usted la mayor parte de sus días siguiendo pistas.