Arizona
Arizona —Ha dado usted en el clavo —replicó Ames estirándose y bostezando—. Steele, estoy cansado y tengo tanto sueño que no puedo seguir con los ojos abiertos. ¿Tiene usted inconveniente en que me acueste aqu�
—Es usted bien venido.
—¿Dónde ha puesto usted mi silla y mis mantas?
—Ahà —señaló Steele—. Puedo darle a usted otra manta, aunque no necesitará usted ninguna. Hace un calor del diablo en este agujero.
Ames se hizo la cama fuera del alcance de una voz corriente y se acostó con un fuerte gemido. En realidad, estaba cansado y tenÃa sueno, pero no tanto como deseaba aparentar. Pronto empezó a imitar con gran acierto los ronquidos de un hombre muy cansado, pero la verdad es que estaba escuchando con todo el poder de unos oÃdos notablemente finos y adiestrados.
—¿Arizona Ames? ¿Dónde diablos he oÃdo yo este nombre? —murmuró Steele en voz mucho más baja.
—Debe usted haberlo oÃdo en algún sitio extraordinario, pues de otro modo no le preocuparÃa tanto —observó Amos.
—Yo dirÃa que en la cárcel de la Ciudad del Lago Salado, si este individuo no fuera un honrado vaquero —dijo Noggin con una voz que hacÃa juego con su cara.
—¿Honrado? Ese vaquero es tan honrado como nosotros —afirmó Steele.