Arizona
Arizona —¡Buen conocedor de hombres eres tú! —rezongó el otro en voz alta y despectiva—. Si fueras de otra manera, ¿estarÃamos escondidos aquÃ?
—¡No tan alto! —gritó Steele, irritado y con la autoridad del jefe—. PodrÃas despertarle.
—Poco importa. ¿Qué piensas hacer con él?
—Por lo pronto, quiero ese caballo —respondió Steele.
—No he visto uno igual en mucho tiempo.
—Ha hablado como un hombre que quiere a su caballo. Tendrás que robárselo, y eso no será tan fácil. A menos que…
—Lo venderá con un poco de insistencia —interrumpió complacido el jefe.
—Deseas tanto las cosas, que te engañas tú mismo —contestó Noggin con su voz incisiva—. Tendrás que insistir mucho, sino me equivoco. Además, este forastero que dice llamarse Arizona Ames podrÃa ser otra cosa que lo que pretende.
¡Arizona Ames! Este nombre suena en mis oÃdos como una campanilla. Me debo de estar haciendo viejo… ¿Qué quieres decir, otra cosa?
—Cuando le hiciste entrar en el campamento con las manos en alto, estaba demasiado tranquilo y tenÃa los ojos demasiado abiertos para gustarme a mÃ.
—Tranquilo, si lo estaba. ¿Pero qué importa lo que sea?