Arizona

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—Ha cambiado de una manera tan gradual que no me he dado cuenta hasta que hemos cenado, y me ha hecho pensar.

—Mucho mejor si anda huido. Lo descubriremos y, si es así, podemos tomarle para que nos ayude.

—Aconsejo en contra de eso con todas mis fuerzas —replicó con vehemencia Noggin.

—¿Por qué? Necesitaríamos un par de hombres vivos. —Tú eres el jefe. Mi última palabra es que tengas cuidado, no vaya a resultar demasiado listo.

—Noggin, eres capaz de echar un jarro de agua fría en todas las cosas —dijo Steele con disgusto.

—Me voy a dormir —gruñó el otro; y sus botas claveteadas rascaron las rocas.

Siguió un silencio. Los leños crepitaron en la hoguera. Alguien arrojó en ella un leño y las chispas volaron hacia arriba. En el cañón se oyó el lúgubre ulular de una lechuza.

Luego Steele cambió su sitio por uno más próximo a Heady y la, mayor parte de su conversación fue ininteligible. Ames percibió algunas de las frases de Steele, tales como: «¡Al diablo Noggin!». «Yo soy el jefe de esta cuadrilla». «Los caballos de Morgan». «Demasiado grande el rebaño». «Lund o Nevada». «Pensando mucho». «Atravesar el cañón».


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