Arizona

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Heady tenía poco que responder. Pronto los dos hombres imitaron a los demás y se acostaron. Ames permaneció acostado, pensando y observando las inciertas sombras proyectadas por las llamas de la hoguera. Parecía indudable que había caído en una banda de cuatreros. Steele era fácilmente identificable como un bandido del Oeste, de larga experiencia. Ames consideró a Noggin el más peligroso. No veía en qué punto de la banda podía encajar Heady, el mormón, pero se inclinaba a creer que Heady estaba siendo persuadido o intimidado. Por lo demás, Ames pensó que proyectaban un robo contra un mormón llamado Morgan El rebaño que podían robar era, probablemente, demasiado grande para conducirlo a Lund o a Nevada, y se preguntaban si podrían llevarlo a través del Gran Cañón. Ames, recordando los senderos que había tenido que recorrer, el río rojo e hirviente y el espantoso rugir de las cataratas, más abajo del sitio por donde él había atravesado a nado con su caballo, pensó que los bandidos hallarían su justa retribución si lo intentaban. El pensamiento de Ames se desvió hacia los comentarios hechos sobre su caballo, y esto dio curso a otro orden de ideas que dejaban a Steele pocas probabilidades de longevidad. Luego se dio a pensar en lo que haría al día siguiente y, por fin, renunció a determinarlo; había que dejarlo para el momento mismo, y se durmió.



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