Arizona
Arizona Se despertó temprano, pero fue el último en levantarse. Dormir noches y noches vestido y calzado no era lo más a propósito para encontrarse bien por las mañanas.
—Si está usted tan destrozado como parece, creo que no mintió al contarnos ese viaje a través del cañón —fue el saludo de Steele.
—El viaje no fue malo —replicó Ames—. Fue el caminar tan de prisa y el perder la cama y las provisiones lo que me fastidió. Me gustaría descansar aquí hoy, si no tienen ustedes inconveniente.
—Con mucho gusto le tendremos aquí. Me gustaría saber cómo ha cruzado usted el cañón. O es usted muy hábil o tiene mucha suerte. Pero ahora pienso que tiene usted un buen caballo.
Ames se dio cuenta de la derivación del pensamiento del cuatrero, pero no ofreció respuesta alguna a estas palabras. El agua caliente y el afeitarse, dos cosas que no había podido disfrutar en varias semanas, contribuyeron considerablemente a su comodidad y buena apariencia. Steele le dirigió una mirada inquisitiva.
—Es extraño que no me acuerde de usted, si le he visto alguna vez.
—Gracias. Tomo eso por un cumplido.
—Puede usted tomarlo.
—Buenos días, señores —dijo Ames alegremente a los otros.