Arizona

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Noggin fue el único que no replicó del mismo humor. La luz del día parecía acentuar la astucia de los rasgos de aquel hombrecillo, lo mismo que la siniestra maldad de Steele. El cocinero era un gigante rubio y jovial, agradable aun cuando fuera un ladrón de caballos. Heady parecía un hombre arruinado que hubiera conocido mejores días.

—Apuesto, Amos, a que no ha aprendido usted a guisar en campamentos —dijo Ames, al final de un buen almuerzo.

—No. Aprendí en un hotel de Missouri.

—¿Sí? No quiero ser indiscreto, pero me gustaría saber cómo ha venido usted a parar a hacer rancho por aquí.

Todos, excepto Noggin, se rieron de buena gana.

—Es una historia triste, Ames —replicó el cocinero.

—No me la cuente —dijo Ames—. Me podría dar la tentación de hacerle escuchar la mía.

Ames se puso a ayudar en las tareas del campamento (que estaban, según observó, a cargo de Amos), sin que nadie se lo pidiese. Después de verle hacer astillas de un abeto, Steele observó:

—Usted se ha criado entre bosques.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Está claro como el agua. Lo he conocido en su manera de blandir el hacha.


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