Arizona
Arizona —Arizona, no tengo inconveniente en decirte que no conozco muy bien a Noggin. Él confiesa que no es ése su verdadero nombre, y yo tengo la sospecha de que es Bill Ackers. ¿Seguramente habrás oÃdo hablar de él?
—Parece que me suena el nombre —dijo Ames—. ¿Quién es Bill Ackers?
—Uno que reúne en sà todo lo malo que hay en Nevada. Un jugador de manos largas que no permanece mucho tiempo en el mismo sitio; uno que juega cuando negocia y que dicen que tiene una buena cuadrilla; pero yo no le he visto nunca. Noggin dice que él sÃ.
—¿Por qué no se lo dices de repente y le miras a la cara?, —aconsejó Ames.
—Nunca se me ha ocurrido. No es mala idea.
La vuelta del individuo de quien estaban hablando les impidió continuar la conversación. Ames se dirigió a su lecho con la intención de yacer allà un rato escuchando, pero preferÃa dormir en otro lugar más seguro que tuvo la precaución de elegir durante el dÃa.
Contra su costumbre, Brandeth guardó silencio. El cocinero y Heady conversaban entre sà en voz baja, mientras empaquetaban provisiones.
—Empaquetando, ¿eh? —gruñó al fin Noggin, como si le pinchasen.
—Tienes buenos ojos cuando quieres ver —le repitió con despego el jefe.
—Cuándo os marcháis.