Arizona

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—No, y sería más prudente —repuso el mormón, con una ansiedad que denunciaba su miedo al Norte—. Conozco un sendero más abajo por donde podremos salir. Los cazadores de caballos salvajes acostumbran entrar y salir por él, y tienen, por aquellos alrededores, cerrado el cañón con una cerca. Podríamos llevar el ganado allí y traerlo aquí al día siguiente. Luego, tendría que guiarnos Ames.

—Mañana saldremos antes del amanecer y haremos el trabajo con Noggin o sin él —concluyó el jefe con obstinada determinación.

—Me parece que tenemos una tormenta encima.

—¿Y no será mejor? ¿Qué piensas tú, Arizona?

—Siempre que robo ganado vivo me gusta que llueva —replicó con indiferencia Ames—. Así se borran mis huellas.

—Ames, ¿por qué diablos no has dicho eso delante de Noggin?

—¿Noggin? ¡Bah! Prefiero que continúe pensando lo que le parezca.

—Lo que piensa es que tú eres un individuo, de dos caras; que no andas huido; que eres uno de esos vaqueros inquietos y errantes, enamorados y pendencieros.

—¡Me hace mucho favor! Me alegro, porque temía que pensase cosas peores.


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