Arizona
Arizona —¡Los conducirás al infierno! —aulló Noggin.
—¡Los conduciré adónde se me antoje!
—¿Quién hizo este plan? ¿Quién organizó esta partida?
—Tú, pero me has ocultado el verdadero objeto de ella. No soy escrupuloso, y los muertos no pueden seguir pistas, pero no quiero saber nada de la muchacha, asà es que voy a hacerlo a mi manera.
—¿Y qué voy a hacer yo?
—No me preguntes acertijos. ¡Ja! ¡Ja!
—Brandeth, eso son consejos de ese Arizona.
—¿Es que no puedo yo tener una idea mÃa? No tienes que echarle la culpa a Ames. Tú sólo la tienes.
—¿Te va a guiar Ames en la travesÃa del rÃo?
—Dice que podrÃa y supongo que lo hará, pero aún no lo ha prometido.
—¿Y yo, qué?
—¿A mà qué me cuentas?
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ésta sà que es buena! ¿Y si yo pongo a Morgan sobre aviso?
—Eso serÃa malsano, si yo me enterase —replicó Brandeth, amenazador—. Pero no puedes estorbarnos. El rancho de Morgan está media jornada más lejos que el cañón donde tiene la yeguada.