Arizona
Arizona Noggin blasfemó, impotente, al darse cuenta del hecho que Brandeth, sardónicamente, advertía. Aquello acabó la discusión y, según opinión de Ames, toda amistad posible entre los dos hombres. Esto proporcionó a Ames una inmensa satisfacción. Si no le engañaba su conocimiento de ello, aquellos hombres se aniquilarían mutuamente. Ninguno había mostrado una cualidad grande. En una situación como aquélla, Rankin habría, hacía mucho tiempo, y a la primera señal de antagonismo, salido a tiros de la dificultad.
Noggin y Brandeth se fueron a acostar, y los otros dos les imitaron en seguida. Los últimos fulgores de la hoguera dibujaban sombras espectrales sobre las paredes de la caverna. Pronto se extinguió la última chispa de luz. Ames esperó hasta asegurarse de que todos dormían; luego, recogió sus mantas en silencio y se dirigió a tientas al sitio que había elegido. Allí se instaló con seguridad y con la certeza de poder dormir sin necesitar mantener un ojo abierto.
Los relámpagos surcaban el cielo de púrpura, y el viento rugía por el cañón. Gotas de agua se deslizaron por debajo del techo de roca y humedecieron su cara. El aire pesado refrescó, y la salvia despedía una fragancia húmeda y fresca.