Arizona

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Ames, debido a la larga siesta que durmiera durante el día, y a la preocupación que le producía el desenlace que aquellos ladrones precipitaban, estuvo despierto parte del tiempo. Durmió a ratos hasta una hora antes del amanecer. El golpear de un hacha le informó de que alguien estaba ya levantado. Permaneció aún un rato tendido, pensando. La pasada tormenta del desierto aún se cernía sobre el cañón, pero no había estallado.

Con la mente refrescada por el descanso, Ames repaso las contingencias que pudieran, probablemente producirse. Era muy posible que Brandeth y Noggin acabasen eliminándose amablemente en una tea escena de la cual Ames estaba ya cansado. ¡Si no…! Ames no quiso seguir pensando por el momento.

El ruido de los cascos le anunció que traían al campamento los caballos. Ames se levantó de un salto. Con las mantas bajo el brazo echó a andar por el borde del risco y pronto percibió el resplandor de una brillante hoguera en el campamento. Cuando llegó a él, descubrió que ni Brandeth ni Noggin se habían levantado aún. Amos tuvo un saludo alegre para Ames. Los caballos piafaban a la entrada de la caverna, iluminados por el resplandor de la, fogata.

Ames se apresuró a buscar su caballo. Cappy relinchó antes de que le viera. Lo apartó a un lado y, volviendo por la silla y las bridas, pronto le tuvo en disposición de viajar. Luego, buscó al cocinero.


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