Arizona
Arizona Ames reconoció allà una astucia superior a la capacidad de Brandeth, y tuvo una inspiración. El juego de Noggin no estaba aún claro, pero, ciertamente, iba en contra del jefe de aquel cuarteto. Noggin habÃa leÃdo en la mente de Ames, o bien estaba del todo seguro de que no se prestarÃa a robar caballos. Brandeth no hubiera debido nunca poner su inteligencia en luchar con la de nadie, sobre todo con la de Noggin.
—Ames, dile a este hombrecito de los ojos de rata que Bill Ackers te importa tanto como a mÃ, y que vienes conmigo —dijo, Brandeth.
—Lo siento; Noggin ha visto el truco. No voy —declaró Ames.
—¡Qué no vienes! ¿Cuándo has variado de opinión? —Nunca he pensado ir.
—¡Granuja! ¡Baja de ese caballo! —aulló Brandeth, alargando una mano rápida hacia la brida de Ames.