Arizona
Arizona El caballo de Noggin estaba quieto, pero cualquier vaquero hubiera visto que no eran sólo sus nervios lo que le hacía moverse. ¿Pretendía Noggin enfilar a aquellos cuatro hombres? La idea le pareció absurda a Ames, pero despertó su más viva curiosidad. Era algo que emanaba de la apariencia o maneras de Noggin. Ames percibió una impresión que obró sobre él como una sutil amenaza.
Y, en verdad, el lugar y la hora eran amenazadores.
—Iré contigo por la mitad de tus caballos, además de la cuarta parte que a mí me corresponde —dijo Noggin.
—No… ¡La cuarta parte! ¿Es que no sabes contar? Somos cinco.
—Sólo cuatro. Ames cambiará de opinión cuando sepa que yo soy Bill Ackers.
—¿Bill Ackers?
—Sí, Bill Ackers.
—¡Ja! ¡Ja! Apuesto a que a Ames le importa un bledo que seas Bill Ackers. Lo mismo Que a mí. —Pregúntale si viene con nosotros.