Arizona

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Rich acudió alegremente y cada vez que salía de la cocina cargado de peroles humeantes, hacía misteriosos guiños a Cappy Tanner indicando a Nesta, que había salido vestida de blanco, muy suave y muy distante, y a Sam Playford que no podía apartar de ella su mirada humilde y arrobada.

—Cappy, siéntese en su sitio de siempre —dispuso la señora Ames. Las mellizas vinieron corriendo como un remolino y disputaron sobre quién había de sentarse al lado de Cappy. Nesta fue la última en sentarse con un ligero aire de desagrado por la proximidad de Playford.

Este juego divertía al cazador, pero empezó pronto a despertar su curiosidad y a preocuparle. Nesta nunca había tenido un adorador aceptado ni por la familia ni por ella. En el Tonto, las muchachas de dieciséis años estaban casadas o a punto de casarse; y Nesta pasaba ya de los dieciocho y seguía aún soltera, y, que Cappy supiera, sin compromiso. No podía afirmar nada, sólo estaba seguro de su encanto y del cambio experimentado, cuyo misterio la hacía aún más atractiva. La conversación empezó a flaquear y el interés de todos, incluso el del viajero, pareció concentrarse en la tarea de acabar con la comida. El levantado de los manteles se realizó con maravillosa prontitud y se trajo la lámpara de la cocina para aumentar la luz. Rich añadió un par de leños al fuego.


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