Arizona
Arizona Fred se había, gradualmente, abandonado a los hábitos de los aventureros, si no a cosas peores. Los diversos vaqueros que Halstead había tenido empleados fueron útiles, serviciales y agradables en muchos aspectos, pero Ester había aprendido pronto a temer quedarse sola con ninguno de ellos. Fue Joe Cabel quien quitó el peso de la cocina de sus manos y quien le hizo fáciles o soportables los otros mil quehaceres. Particularmente, cuando ocurrían accidentes a los pequeños, o cuando caían enfermos, cosas que sucedían con más o menos regularidad, Joe Cabel había salvado a Ester de volverse loca.
—¡Qué tonta! ¡Ofenderme o enfadarme con Joe! —musitó—. Creo que no le he apreciado como es debido hasta que ese Arizona Ames ha caído del cielo… Pero ¿qué me pasa a mí?