Arizona

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Ester, como siempre, se tapó instintivamente los oídos con las manos. Luego las apartó, y al acostumbrarse sus ojos a la oscuridad, descubrió a uno de los muchachos en medio de la escala. Evidentemente, el otro estaba ya en el desván.

—Baja a ayudarme a cazar a la… —dijo Brown.

—¡Ja! ¡Ja! En seguida voy a bajar yo.

—¡Miedoso!

—¡Mañana me las pagarás…!

—¡Ya puedes quedarte a dormir ahí!

—Subiré en cuanto pulverice a este… animal.

Brown bajó al porche y desapareció. Ester le oyó vociferar insultos y tirar piedras. De pronto dio un grito de alarma medio contenido y vino saltando hacia la escala.

—¡Qué me persigue, Ronald! ¡Déjame subir!

—No la veo, pero ya la huelo —declaró Ronald.

—¡Si tuviera una escopeta! ¡La muy…!

Ester tenía un forzado conocimiento de aquel lenguaje, debido a su estrecho contacto con su padre y con Fred y, sobre todo, con Joe Cabel, y sabía que las palabras que los muchachos empleaban no tenían el menor significado para ellos. Pero no pudo soportarlo más.

—¡Niños, basta de palabrotas! —dijo con voz terrible. Siguió un silencio. Los dos muchachos se quedaron quietos como dos ratones.


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