Arizona

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—¡Para Fred! ¿Cogiendo comida? ¿Para qué? ¿Dónde está Fred?

—No ha sido para Fred, Ester. Dos hombres que lo han traído nos han hecho coger la comida.

—¿Dónde están?

—En el establo.

—¿Esta Fred borracho?

—No lo sabemos. Estaba muy oscuro. Fred no dijo nada; sólo se dejó caer sobre el heno. Luego, los otros dos nos hicieron entrar en la cocina.

—Bueno, ahora a dormir. Prometo no decir nada de vosotros —replicó Ester. Cerró la ventana por dentro y apagó la lámpara. No se sintió tranquila hasta que estuvo bajo las mantas, al lado de Gertrudis, y aun entonces no le era satisfactorio que hubiera dos desconocidos en el granero con Fred.

Ésta era la segunda vez que ocurría. ¡Si su padre se enterara! Fred estaba empezando a ser un serio problema. Ester había perdido la paciencia con él y ahora comenzaba a sentir temores. Se había negado a dar crédito a ciertos rumores sobre las compañías de Fred. Evidentemente, habría que enfrentarse con aquello lo mismo que con tantas otras cosas que parecían preparar una crisis para los Halstead. Cuando Ester se durmió por fin, su almohada estaba húmeda de lágrimas.


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