Arizona
Arizona Ester se despertó con un sentimiento para ella nuevo y descorazonador. Lamentaba que hubiera amanecido otro día. ¡Qué absurdo en ella! Pero no lo podía negar, y permaneció acostada largo rato, pensando.
Oyó a los muchachos hablar y reír, y, luego, su ruidoso descenso por la escalera. Gertrudis pasó por encima de ella, se levantó y se vistió, burlándose de su pereza. Aún permaneció allí, sin ganas de levantarse al encuentro de lo desconocido, que parecía preñado de catástrofes aquel día.
Por fin se levantó, consciente de que su espíritu de lucha no rayaba aquel día muy alto. De súbito, mientras se vestía, advirtió que dedicaba a su apariencia personal más atención que de costumbre. Sabía que era bonita y, en alguna ocasión, se enorgullecía de su abundante cabello castaño, sus grandes ojos pardos y sus labios rojos. ¿Pero qué ocasión era ésta? Se contempló con gravedad en el espejo. Quedó complacida de la imagen que en él vio, pero disgustada porque el cabello no le caía bien aquella mañana, ni el lazo de cinta, ni la blusa, que no era, ciertamente, una de diario. Ester era, sobre todo, sincera. Cada vez que un hombre joven, forastero o no, llegaba al rancho, el suceso la afectaba de una manera singular. ¿Qué luz ansiosa y soñadora asomaba a sus ojos? Sin embargo, nunca había sido aquello tan pronunciado como esta vez, y al darse cuenta, un enojoso rubor invadió sus mejillas.