Arizona

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Llegó tarde a desayunarse. Los muchachos ya lo habían hecho y se habían ido. Se encontró con la sorpresa de que Fred estaba allí y la saludaba con más afecto que de costumbre. El corazón de Ester dominaba siempre a su cabeza. Fred se había afeitado aquella mañana, y llevaba una camisa nueva y corbata. Su cara parecía un poco demacrada. El buen semblante de Fred siempre militaba contra sus faltas.

Joe entró con el desayuno de Ester.

—Buenos días, señorita Ester. Es usted una señora desocupada como Fred, y sale ya guapa y elegante —dijo.

—Buenos días, Joe —replicó ella con brevedad, pensando en el tono de Joe y en lo que diría Fred.

—Joe me ha dicho que ayer llegó un forastero —comenzó Fred, cuando salió el cocinero—. Un individuo con quien él ha trabajado. Arizona, o algo así.

—Sí, Arizona Ames.

—¿Y quién es?

—No lo sé. Pregúntale a Joe.

—Ya le he preguntado. Pero está de mal humor. En toda la mañana ha soltado un reniego… ¿Cómo es ese Arizona Ames?

—Es un desbravador; ningún muchacho ya. Apenas podía andar. Estaba tan cansado, tan empolvado y con tantas barbas que costaría decir la cara que tiene.


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