Arizona
Arizona —Es extraño. No me gusta eso. Le estaba diciendo a Joe que era mejor que invitase a ese jinete a seguir adelante.
—¡Fred! —exclamó Ester, indignada—. ¿Es ésa la idea que tienes de la hospitalidad? El hombre estaba extenuado y hambriento…
—¡Oh, tú meterÃas aquà a cualquiera! —respondió Fred con sarcasmo—. Pero yo no conozco a ese Arizona Ames.
—No puedes tú hablar muy alto sobre lo que ocurra en el rancho Halstead —dijo Ester, también sarcástica, y como en aquella coyuntura entrara el cocinero, se dirigió a él—: Joe, haga el favor de no tener en cuenta la actitud de Fred para con los forasteros, y trate al señor Ames como si esta casa fuera la de usted.
—Gracias, señorita Ester. Me hubiera disgustado mucho tener que ofender los sentimientos de mi amigo —replicó Cabel con sencillez, pero la mirada que dirigió a Fred dio mucho que pensar a Ester.
Era evidente que Fred luchaba con sentimientos de los que se avergonzaba. La verdad es que se mordió los labios para contener una viva réplica.
—Fred, ¿dónde están los jinetes que te han traÃdo a casa? —preguntó Ester.
—¿Quién te lo ha dicho? —demandó él.
—No importa. Lo sé.
—Voy a despellejar vivos a esos chicos.