Arizona

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—Como les pongas una mano encima se lo diré a padre. Te trajeron a casa borracho… Ésta es la segunda vez.

El hermano lanzó una interjección y se levantó con el aire de quien comprende la inutilidad del subterfugio.

—Ven fuera, donde ese cocinero de ojos de lechuza no pueda oír —y salió dejando a Ester convencida de que uno de sus presentimientos había sido acertado. Gritó a su hermano que esperase a que acabara de desayunarse, en lo cual no se dio, ciertamente, mucha prisa. Mientras tanto volvió Joe con la sonrisa amable que acostumbraba tener para ella, además de cierta ansiosa solicitud.

—Señorita Ester, nunca he sido un soplón, pero ahora tengo que decirle a usted una cosa o reventar.

—Creo que le puedo ahorrar el trabajo, Joe —contestó ella apresuradamente—. Escuche: Fred vino anoche a casa; dos hombres le trajeron porque no podía andar. ¿Es eso lo que me quería usted decir?

—No; eso no tiene tanto de malo. Quiero decirle quiénes eran los dos individuos —contestó Joe con gravedad—. Yo estaba en el camino y los vi llegar. Ellos no vinieron por él, y yo me escondí entre la jara para dejarlos pasar. Iban sosteniendo a Fred en el caballo.

—¿Quiénes eran? —preguntó con ansiedad Ester, cuando él se detuvo con miedo de continuar.


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