Arizona
Arizona —¡Pero no lo soy tanto…! —protestó Ester.
—Siempre y a todas horas. Y cuando se viste usted de blanco, como aquella noche, ¡…! Perdone usted, se me va la lengua.
—SÃ, Joe, ya se te ha ido —repuso ella con ironÃa—. ¿De manera que ese maravilloso Arizona Ames es probable que huya de mÃ? ¿Qué le pasa, Joe? ¿Es que odia a las mujeres?
—No; creo que Arizona no podrÃa odiar a nadie, y mucho menos a una muchacha guapa.
—No me pareció un vaquero tÃmido. ¿Qué edad tiene, Joe?
—No lo sé, pero es joven comparado conmigo.
—Vi que le blanqueaban los cabellos de las sienes y me pareció viejo, Joe.
—Es viejo en la vida de los campamentos, pero Arizona no puede tener más de treinta años, si los tiene. —¡Oh, Joe! Sea razonable.
—Le estoy diciendo a usted la verdad, señorita Ester —afirmó Joe—. Y estoy hablando demasiado.
—¡Joe! ¡Venga usted aquÃ! No se va usted a escapar de mà asà —gritó Ester, cogiendo de la manga al cocinero cuando se disponÃa a marcharse. Se levantó de la mesa—. Haga el favor de quedarse, Joe… Ha sido usted mi mejor amigo. Si lo he podido resistir todo ha sido por su ayuda y su bondad.