Arizona

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—¿De veras, señorita Ester? —inquirió él, asombrado y contento.

—De veras. No me he dado cuenta de lo que le apreciaba hasta hace poco.

—No podría decirme nada que me hiciera más feliz que sus palabras.

—Entonces, no me deje otra vez, como anoche, y como iba a hacerlo ahora. ¡No importa cuáles sean sus razones! Tengo el presentimiento de que le voy a necesitar más que nunca. Venga su mano, Joe.

Joe se quedó tan aturdido que ni de su profana lengua se acordó, pero estrechó la mano de Ester con tanta fuerza que se la dejó entumecida. Ella le sonrió con tristeza, y salió corriendo a buscar a Fred.

Éste le esperaba con la frente ensombrecida.

—Me parece que hablas demasiado con ese cocinero —rezongó.

—Sí, bastante. Es para mí más hermano que tú, Fred. Esto le hizo sonrojarse y hacer una mueca.

—Tienes una lengua como un cuchillo.

—Fred, si estás de mal humor, yo no tengo ganas de aguantarte. Estoy demasiado disgustada.

—¿Los chicos te han dicho que me trajeron a casa borracho? —preguntó él.

—Sí. Pero no sabían que lo estuvieras.

—La verdad es que no lo estaba. Lo había estado y me sentía mal. Necesito dinero, Ester.


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