Arizona
Arizona —¡Vaya una novedad! —le contestó Ester riéndose.
—¿Tienes…? Quiero decir que si tienes dinero tuyo.
—SÃ, un poco, pero lo pienso guardar. No volverás a sacarme un céntimo para beber y jugar.
—No, necesito para pagar una deuda. Debo dinero, Ester, y tengo que pagarlo.
—¿A aquellos hombres que te trajeron anoche a casa?
—SÃ, a uno de ellos.
—¿Cómo se llama?
—No importa quién sea, pero me está esperando ahà fuera.
—Te da vergüenza decÃrmelo. Fred.
—¿Y qué más te da a ti? —demandó él, pasándose por el cabello una mano temblorosa.
—¿No quieres confiarme su nombre?
—No, Se lo dirÃas a papá.
—Si hubieras tenido alguna probabilidad de conseguir el dinero, habrÃa desaparecido ahora. ¿Cuántas veces te he ayudado y guardado tus secretos? Eres un ingrato… Pero no necesitas confesar. Yo no te critico porque te avergüences. Ya sé quién te ha ganado el dinero.
—¡Cállate si lo sabes! —exclamó él.