Arizona
Arizona —¿Qué me importa a m� —respondió con frialdad Halstead—. A ti no te preocupan mis sentimientos, sin contar otras cosas más importantes.
¡Palabra que nunca me ha mirado un hombre como me ha mirado él! Me he sentido como un sapo.
—No es extraño. TenÃas ciertas razones para ello —dijo con sarcasmo su padre.
—Papá, ¿quieres dejarme oÃr la conversación que vais a tener? —rogó Fred.
—No te interesarÃa.
—Pero he oÃdo a Joe decirle a ese hombre, Ames, que estabas al borde de la ruina.
—Por eso no te interesarÃa. No habrá naipes, ni copas, ni historias escandalosas.
—¡Papá! —gritó, acongojado, Fred.
—¡Márchate!
—Pero… PodrÃa ser de alguna utilidad… Yo sé…, he oÃdo cosas…
—Fred, es demasiado tarde para que tú me ayudes. Haz el favor de dejarme hablar de mis desgracias con hombres.
Los pasos vacilantes de Fred al salir de la estancia eran prueba elocuente de su estado de ánimo. Ester le compadeció con todo su corazón. Le parecÃa que existÃa alguna pequeña circunstancia a favor dé. Fred. HabÃa sido llevado muy joven a aquel paÃs salvaje y no habÃa podido resistir sus malos elementos.