Arizona
Arizona —Si padre lo sabe, no me ha dicho nada, pero me ha echado un rapapolvo terrible.
—¿Has visto esta mañana a ese Barsh Hensler? —demandó Ester.
—SÃ. Más abajo, en el camino del rÃo. Se ha puesto hecho una fiera conmigo. Amenazó con… Pero eso no importa.
—¿Es una deuda de juego?
—¡Claro! ¿Qué iba a ser, si no? Y lo peor es que es un tramposo. Yo lo sabÃa, pero cuando bebo unas cuantas copas me creo el hombre más listo del mundo.
—Empiezas a mostrar algún destello de inteligencia, Fred —replicó secamente Ester.
—Ya sé lo que piensas de mÃ, Ester —murmuró él con voz ronca; y la dejó.
Ester sacó de aquella conversación un poco de consuelo, ya que no esperanza. Fred no se habÃa endurecido aún del todo. PodÃa ser rescatado, pero no tenÃa la menor idea de cómo empezar a hacerlo.
Ester entró en su habitación, y, al azar, dejó la puerta entreabierta. Oyó a su padre y a Fred que entraban.
—Pero, papá, has hecho mal en ponerme asà delante de los vaqueros, y, sobre todo, de ese forastero, Ames —decÃa, quejándose, Fred.