Arizona

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—Si ese Arizona Ames se queda, los disgustos de mi padre habrán acabado —murmuró Ester para sí, como si eso aumentase su convicción. Adivinaba que aquellas dificultades no eran insuperables para hombres como Cabel y Ames. Ellos eran del Oeste, y sabían cómo tratar los problemas difíciles del rancho. Pero, al reflexionar, no parecía ni menos maravilloso ni menos terrible, recordando la breve explicación de Joe. Era obvio que la medida más sabia sería retener a Arizona Ames en el Trabajoso a toda costa.

Ester se previno contra una posible nueva faceta de la situación. ¿Y si aquel notable Ames, que era tímido con las mujeres, no acogía favorablemente la proposición de su padre? Ahí es donde entraba ella. Si el señor Ames tenía miedo a una muchacha bonita era por temor a enamorarse de ella. ¡Muy bien! Sería una vergüenza sacrificar a tal maravilla de hombre en el altar de la exigencia. Pero ¿se querría sacrificar él? Comprendió, en la sencilla honradez de su corazón, que era un polvorín que sólo necesitaba una chispa. Comprendió que pronto se enamoraría de algún zoquete o gaznápiro, de cualquiera; y debía darle gracias a la Providencia de que Joe había hablado, por haber dejado caer en el Valle del Trabajoso a aquella Némesis con polainas.



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