Arizona
Arizona No había prisa; la hora parecía suspendida, dulce, silenciosa, infinitamente grave, tan bella que le causaba dolor en el corazón. Estaba sola. Una hora así en las cimas que dominaban el Trabajoso, no sólo le compensaba las penas, las dudas y las preocupaciones pasadas, sino que la desposaba con el Colorado para toda su vida. No sabría explicar por qué, pero lo sentía con viveza. Ahora podría amar al Trabajoso hasta en la muerte del Invierno, porque siempre sería una promesa para el verano y para aquella florida estación.
Ester nunca había estimado en poco su capacidad para el amor, pero ahora se extrañaba ante su asombro desarrollado. Su padre, los niños, Gertrudis, el mismo Fred habían entrado en el engrandecimiento de sus afectos, pero extraño y maravilloso era, en verdad, que aun aquello pareciera poco comprado con la potencia de otro amor. Un jinete flexible, de mandíbula cuadrada, de cara curtida y ojo penetrante, había ganado su adoración.