Arizona
Arizona Nunca había negado los diferentes grados de aquella cosa irresistible que había convertido las horas en semanas, pero hasta última hora no se había dado cuenta de su poder. Su vergüenza, su miedo, su secreta y egoísta esperanza habían desaparecido. No comprendía por qué había de vivir en perpetua contienda consigo misma por amar a un hombre. Siempre había contado con acabar amando a alguno, desesperadamente quizá, pero ahora que había llegado a ello, quería ser feliz, no desgraciada. Y se hundía en una exaltada felicidad, por lo menos allí arriba, absorta en la grandeza y liberación de aquella soledad. Pero ¿podría ella sostener aquella elevada emoción, conservarla siempre, acallando los instintos y deseos que, contenidos dentro de sí misma, eran causa de su inquietud?