Arizona
Arizona El ganado descendía por el valle. Veía los numerosos puntos rojos y blancos confusos sobre el incierto fondo. Había sido conducido más abajo, fuera de la zona de las hierbas venenosas. Ester requirió los gemelos y recorrió con ellos las laderas, consciente de qué y a quién deseaba ver. Pero no había jinetes con el ganado, y un rebaño de alces pastaba mezclado con los toros. Ester contempló el majestuoso monarca de aquel rebaño. Se mantenía un poco apartado, y con frecuencia levantaba la cabeza para mirar su alrededor. Sus magníficas astas parecían las raíces invertidas de un árbol. Era peludo, blanco y gris. ¡Con cuánta libertad y brío erguía su noble cabeza! El toque de una trompeta retumbó por el valle.
Y observando y escuchando, gozando de aquella elemental soledad, pensando y soñando, llegó Ester a la asombrosa pregunta de cuándo, cómo y porqué había llegado a amar a Arizona Ames.
El cómo y el porqué se resolvieron juntos con la sola deducción de que, siendo mujer, no podía evitarlo. Pero el cuándo, era el misterio que la fascinaba, que la hacía a la vez humilde y furiosa, impotente y agradecida. ¿Qué le importaba saber cuándo, puesto que el hecho desnudo era bastante? Mas era su modo inconsciente de elogiar a Ames lo que ella no podía resistir.