Arizona
Arizona Algo incalculable y trascendental le ocurrió entonces, pero su análisis no la dejaba convencida de que fuera aquél el momento en que se enamoró de Ames. Su hermana. ¡Celos! Él se habÃa perdido por aquella Nesta, asà lo habÃa dicho Joe. Ester tenÃa que oÃr aquella historia algún dÃa, antes de juzgar y vencer aquellos innobles celos. ¡Qué cosa tan extraña, tan cálida y tan terrible, los celos! O quizá le habÃan vuelto insidiosamente, por la gradual animación de su padre, su alegrÃa y su antiguo ser enérgico y optimista. La realización de esta verdad dejó una señal en la vida de Ester. ¡Cómo habÃa llorado sola en la oscuridad! Luego, el dÃa inolvidable en que Brown entró en el vestÃbulo con una trucha tan larga como su brazo, la criatura más asombrada, más feliz y más sucia del mundo.
—¡Mira, Ester! —habÃa gritado, con los ojos como dos luces—. Arizona me ha enseñado cómo pescarlas. Pero tengo que dejar de hablar mal. —Y la maravilla era que habÃa dejado de hacerlo.
Y más tarde, Fred, ocupando la plaza de Mecklin en el cuidado de los rebaños. ¡Aquello habÃa sido un suceso! Ester recordaba la hora de la mañana en que su padre, con pocas y terminantes palabras, despidió a Mecklin.