Arizona
Arizona —Oye, Fred —había dicho Ames, de aquella manera que podía significar buen humor, bondad o amenaza—, toma tu caballo y tu revólver, porque vas a montar conmigo.
Fred había mostrado las primeras señales de alegría desde hacía muchos días, y se había lanzado al trabajo como un pato al agua, según la expresión de Ames. Lo que Halstead no había conseguido nunca de su hijo, lo hizo Ames con unas pocas palabras. ¿Cómo explicarlo? Había algo poderoso en la personalidad de aquel hombre. ¡La fama de su nombre! Aunque Ester creía estar disgustada con ella, nunca dejaba de estremecerle. Otra vez había escuchado, escondida, el relato de Joe a su padre y a su hermano de cómo había matado Arizona a aquel infame ranchero, Rankin.
¿Fue aquélla la hora de su rendición? Si era así, ¿qué había hecho de ella el Oeste? De ella, a quien de niña nunca se le permitiera leer novelas, que a los catorce años había dado una lección de doctrina en la escuela dominical. ¡Pero qué sabía nadie lo que se escondía en ellos!
No pudo llegar a una conclusión definitiva. La catástrofe era resultado de todos aquellos incidentes y de los estados de ánimo por ellos engendrados. Y quedaba el hecho abrumador de que amaba a Ames más de lo que jamás creyera que podría amar, que ya era bastante.