Arizona
Arizona —No, no puedo —replicó ella débilmente, pero retadora. Mientras él apretaba la cincha como es debido, Ester tuvo que permanecer allà sentada, temblando al ligero contacto de sus rápidas manos, horrorizada por un súbito y violento deseo de echarle los brazos al cuello. Seguramente, no habÃa sido aquél un momento engañoso, pues debÃa amarle desde antes para poder caer en tan ignominiosa aberración mental.
A última hora de aquella tarde, Ester emprendió un camino apacible por entre las flores, jurando que no arrancarÃa ninguna más, pero cuando llegó al arroyo, tenÃa los brazos llenos. También su corazón parecÃa lleno, si no de flores, por lo menos de su esencia y belleza. Más significativo que este memorable paseo era el hecho de que el ruidoso y alborotado torrente pareciera bajar cantando, feliz, a través del valle.