Arizona

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Ester levantó la cara y abrió sus nublados ojos. Aquel bondadoso y astuto Joe la había vencido, pero por él se había hallado ella a sí misma. Se inclinó para recoger las flores caídas. Luego, se enderezó sin rubor ante su amigo, para dar a su respuesta cierto aspecto de dignidad.

—Tanto, Joe, que si no me hubiese usted dicho lo que ha dicho, no hubiera podido soportar mi temor por Fred y por él.

Tres días después de esto, a la caída de la tarde, Jed regresó; conduciendo el carro hasta la puerta de la casa. Cuando llamó, salió Ester para ver a su padre y a Joe ayudando a bajar a Stevens. No podía tenerse en pie. Su brazo izquierdo colgaba de un cabestrillo.

Luego descubrió Ester a Fred, con la cara tan blanca como el vendaje que envolvía su cabeza pasando por bajo la barbilla.

—Ya estamos de vuelta, patrón, y un poco averiados —decía Jed—. Ames está en el establo.

Por primera vez los niños no alborotaron a la llegada de alguien que volviera del pueblo. Permanecían mudos y con los ojos muy abiertos.

—Halstead, yo y Jed atenderemos a Stevens.

El ranchero no había encontrado aún su voz.

—Entremos, padre —dijo Fred—; y tú también, Ester. Tengo muchas cosas que contar.

Entraron y Ester cerró la puerta.


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