Arizona
Arizona —No, de ninguna manera; pero ¿no ama usted a Arizona un poquito? ¡Pobre diablo! Siempre empujado de un rancho a otro, sólo por ser demasiado bueno. Sin hogar, sin nada más que hombres como yo que le quieran. ¡Nunca ha tenido novia! Fiel a aquella hermana por quien se lanzó a su largo y sangriento camino. ¿No le ama usted un poco, Ester?
La joven apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Creo… creo…
—Bien… bien… Muy bien. Mi plegaria ha llegado al cielo. Yo soy también un viejo chiflado que le ha tomado a usted tanto cariño como si fuera mi propia hija. Además, siempre he tenido debilidad por Arizona. Ester, el Oeste produce hombres. He conocido más de los que puedo recordar. Los hace salvajes y perversos, y también lo contrario. Hombres como su padre jamás podrÃan encontrar un hogar aquà si no fuera por hombres como Arizona… Ahora me parece que le ama usted más que un poco.
—Creo que sà —confesó Ester, ocultando el rostro.
—¿Cuánto?
—¿Jura usted no decirlo nunca?
—Lo jurarÃa sobre un montón de Biblias.