Arizona
Arizona Ester se acercó a un asiento al lado de la chimenea y se dejó caer lentamente en él. Si no estaba loca, Fred habÃa sufrido una transformación.
—Escucha, papá. Lo quiero confesar todo —empezó Fred con profunda agitación—. El sábado fui a ver a Biny Hood. Allà encontré a Jess Tauber y me enfadé, aunque sabÃa que Biny no se preocupaba de él. Pero me ofendió. No la habÃa visto en varias semanas, estaba loco, y tenÃa la estúpida idea de rogarle que creyese en mà y me siguiera queriendo.
—Ésa no era una idea estúpida, hijo —dijo Halstead al detenerse Fred para cobrar aliento.
—Cuando me separé de ella, me encontré con Barsh Hensler, Mecklin y Coates. Fue mala suerte. TenÃa una botella. Yo sabÃa que no debÃa beber y me resistÃ. Si no hubiese estado tan furioso y ofendido con Biny, no hubiera cedido. Pero cedÃ, y el alcohol me puso fuera de mÃ. Me emborraché. Esto ocurrió el sábado por la tarde, y no me serené lo bastante para saber lo que hacÃa hasta que robaron tu ganado a Stevens. Recuerdo haber montado. Y recuerdo que Stevens gritaba cuando Mecklin le hirió… Tuve que ayudar a conducir el ganado. Dio mucho trabajo. Era muy entrada la noche cuando lo encerramos en un corral. A la mañana siguiente ya estaba sereno y con mortales angustias. Estábamos en el viejo rancho, lejos del camino, diez millas más allá del de Wood.