Arizona
Arizona Fred se ocultó la pálida cara entre las manos, tanto por esconderla como para alejar el recuerdo.
—Comprendà entonces que Mecklin me podÃa denunciar como ladrón. Estaba hundido y no sabÃa qué hacer. Quise suicidarme, pero me faltó el valor. Entonces juré que matarÃa a Mecklin… Nos quedamos allà esperando. Mecklin bajó al camino para encontrarse con Bannard y el resto de la cuadrilla… Pero se encontró con Ames, que le dio una paliza y le hizo confesar el robo. Esto no lo he sabido hasta después… Bannard vino con sólo dos hombres. Estaba furioso, y cuando vio que no tenÃamos más que unas cincuenta cabezas de ganado, se puso a jurar y maldecir. Se hizo tarde, y salimos al porche para seguir jugando. Hensler estaba medio borracho; Bannard, colérico. De repente, apareció Ames por la esquina de la cabaña, empujando a Mecklin con el revólver. Yo me mordà los labios para no gritar su nombre. Me metà el sombrero hasta las cejas y me encogÃ. Estaba aterrado. Mecklin estaba ensangrentado y tan débil que apenas podÃa andar. Ames le derribó de un golpe con el revólver. Luego, nos miró a nosotros y eligió a Hensler.
»—Se ha acabado el juego, Hensler. Vuestros robos concluyen aquÃ. Mecklin os ha delatado —dijo.
»—¿Quién diablas es usted? —aulló Bannard.
»—Mi nombre es Ames.
»—¿Ese individuo de Arizona? —preguntó Bannard, poniéndose verde.