Arizona

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Slink Tate no parecía pariente de Lee. Tenía la cara de un perro enfadado. Levantó hacia Ames unos ojos hundidos y tristes y le hizo un breve gesto de saludo.

—¡Hola, Ames! —dijo Stringer con tono seco y cáustico—. Ya estamos otra vez cuerdo, ¿eh?

—Seguro —respondió Ames—. Necesito ver muy claro hoy.

Cappy cogió a Ames por una manga y trató con suavidad de hacerle seguir adelante. Aquella atmósfera estaba cargada de amenaza. Pero Rich se negó a aceptar la indicación.

—Muy interesado en la boda, ¿eh? —preguntó Stringer, dejando una carta sobre la mesa.

—Claro. Mi hermana Nesta se casa con Sam la semana que viene y queremos tener alguna idea.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!, —el interés hizo salir al juez de su lacónica aspereza—. Bien, pues me alegro mucho de que te hayas serenado. Temí tener que meterte en la cárcel.

—Oiga, Jeff, había una docena de vaqueros tan borrachos como yo anoche —declaró irónicamente Rich—. ¿Por qué no los arresté usted?

—Eso es cosa mía. No constituían una amenaza para la comunidad.

—¿Y yo sí? Ya entiendo, y veo que me ha tomado usted bien la medida.


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