Arizona
Arizona Ames no hizo ningún comentario. Era difícil seguirle, y sus amigos, después de acompañarle lo bastante para ver que no pensaba beber, perdieron su aprensión sobre este particular. Ames, sin embargo, les daba aún muchos motivos de preocupación. Había paseado durante una hora ante la cárcel de piedra, donde la multitud le había estado observando desde una distancia respetable. Pero Jeff Stringer no se acercó a arrestarle. Los oídos atentas de Cappy Tanner registraron el hecho de que la mayoría de los habitantes del Tonto aprobaban la conducta de Ames. Todo el mundo le quería, excepto sus enemigos. Los Tate eran odiados. Jeff Springer tenía muchas cosas en su contra y aquel día perdió prestigio bastante para arruinar sus futuras aspiraciones como juez.
Ames no podía permanecer quieto mucho tiempo. Estaba, naturalmente, nervioso, vigilante y excitado. De los tres amigos, sólo él consiguió entrar en la residencia de Snell, no para presenciar la ceremonia, sino para ver a su hermana con el ya famoso vestido. Y volvió a salir pasa reunirse con Cappy y con Sam, iluminada la cara por una luz suave y alegre.
—¡Nos ha hundido! —exclamó—. Sam, la tienes que ver con ese vestido aunque hayas de matar a alguien… Y tú también, Cappy; los líos por Nesta ya eran bastante grandes antes de que tú vinieras con tu vestido… Pero vale la pena.