Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —En primer lugar, cada ganadero ha de poseer un hierro de marcar reses para identificar y distinguir su ganado. Sin ello no habrÃa cowboy capaz de reconocer, en una inmensa manada, las cabezas que le pertenecen. En nuestras pampas no hay cercas. Están abiertas a todo el mundo. Aspiro a ser algún dÃa lo bastante rica para poder cercar una pampa. Las distintas vacadas pacen juntas y hay que capturar, si es posible, a todas y cada una de las terneras y becerros, marcándolos con el hierro de su madre. Esto no es tarea fácil. Un maverick es la crÃa no marcada, que se ha destetado por sà misma y campa por sus respetos. Estas crÃas pertenecen al que las encuentra y las marca con su hierro. Las crÃas que pierden a la madre sufren lo indecible. Muchas de ellas perecen. Además, los coyotes, los lobos y los pumas las persiguen encarnizadamente. Se celebran dos rodeos al año, aunque los muchachos marcan durante todo el año. Una crÃa debe herrarse en cuanto se la encuentra, como precaución contra los ladrones de ganado. Hoy dÃa no se roban cabezas y puntas como antes, mas asà y todo siempre hay el riesgo del ladrón aislado, riesgo que será tan eterno como la ganaderÃa. Los ladrones se valen de mil artimañas; matan a la madre del becerro o le cortan a éste la lengua para que no pueda mamar y pierda a su progenitora. Roban a la crÃa, ocultándola hasta que haya crecido lo suficiente para valerse por sà misma, y entonces la hierran, con señales imperfectas, que más adelante completan.