Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Oh, los caballos vaqueros! Son de lo más interesante. Los muchachos las llaman broncos. ¡Salvajes! Son más salvajes que los novillos que tienen que acosar. Bill posee aquà broncos que ni han sido domados ni lo serán nunca. Y no todos los cowboys pueden montarlos. Los mejores caballos los tienen los vaqueros. Don Carlos tiene uno, negro, que yo darÃa cualquier cosa por poseerlo. El ruano de Stewart es mejicano; el más veloz y arrogante que he visto. Lo monté una vez y… ¡corre como el viento! Además, le gusta la —mano de mujer, y eso es una condición para mà imprescindible en un caballo. Durante el desayuno, oà a Bill y Al hablar de una montura para usted. Naturalmente, no estaban de acuerdo. Bill proponÃa una y Al otra. Daba risa oÃrles. Finalmente dejaron el asunto en mis manos hasta que termine el rodeo. Entonces todos los cowboys de la pampa le ofrecerán sus mejores caballos. Venga, vamos a los corrales a ver los pocos que quedan.
Para Magdalena la mañana pasó volando, especialmente el tiempo invertido en contemplar desde el porche el mutable panorama. A mediodÃa un trajinante se presentó con el equipaje. Mientras Florencia ayudaba a la cocinera mejicana a la preparación del almuerzo, Magdalena desempaquetó parte de sus efectos, en especial aquellos de que tendrÃa necesidad inmediata. Después de comer, trocó su vestido por uno de amazona y saliendo al exterior, halló a Florencia esperándola con los caballos.