Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena procuraba no perder detalle de cuanto veía al pasar. El suelo era áspero y poroso, y ella comprendió por qué la lluvia y el agua desaparecían tan rápidamente. A cierta distancia la gramilla parecía tupida, pero de cerca era escasa y dispersa. Macizos de arbustos y cactos tachonaban acá y acullá la hierba. Lo que más le sorprendió fue el advertir que, no obstante el buen rato que llevaban cabalgando, no parecían estar más cerca del rodeo. El declive del valle no era perceptible sino luego de haber recorrido varias millas. Mirando al frente, parecíale que su anchura era relativamente escasa. A simple vista habría creído poderlo atravesar a caballo en una hora, y, sin embargo, la audaz y sombría mole de las Chiricahuas distaba un día largo de marcha, aun para el más avezado cowboy. Sólo al mirar hacia atrás pudo la joven establecer la verdadera relación de las cosas. La distancia recorrida no podía engañarla.