Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Gradualmente, los puntos negros fueron adquiriendo contornos definidos de reses y caballos que se movían en torno a un gran espacio polvoriento. Media hora después, las dos muchachas llegaban a los lindes del campo de acción. Refrenaron las monturas junto a una inmensa carreta en cuyas cercanías pacían más de cien caballos, bufando, relinchando y trotando con las cabezas engalladas para contemplar a las recién llegadas. Cuatro cowboys custodiaban la remonta. Un cuarto de milla más lejos se desarrollaba la polvorienta contienda. Un estruendo de retumbantes cascos atronó los oídos de Magdalena. Las hileras del ganado en marcha se fundían en una inmensa vacada, envuelta en polvo.

—Apenas si puedo distinguir lo que hacen —dijo—. Quisiera verlo más de cerca.

Salvaron al trote la distancia intermedia, pero cuando Florencia se detuvo, aún no se dio por satisfecha Magdalena, insistiendo en aproximarse más. Antes de volver a hacer alto, las divisó Al Hammond y galopó hacia ellas, gritando algo que Magdalena no entendió y haciéndoles señales de que se detuviesen.

—Ya estáis lo bastante cerca —gritó con voz que el estruendo hacía poco clara—. ¡Es peligroso! ¡Novillos salvajes! ¡Me alegro de veros, muchachas! Majestad, ¿qué te parece este manojo de reses?

El ruido, el polvo y el continuo movimiento aturdían a la joven, impidiéndole contestar.


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