Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Están majando, Al —dijo Florencia.
—Acabamos de ajorarlas[7]. Están majando y no me gusta. Los vaqueros son muy duros con el ganado. Nos dan ciento y raya, y eso que nosotros no nos quedamos cortos. —Estaba cubierto de sudor y de polvo, jadeante—. Me voy, Flo. Dentro de un par de minutos mi hermana estará ya harta del espectáculo. Llévatela a la carreta. Le diré a Bill que estáis aquà y volveré cuando pueda.
El ensordecedor clamoreo de bufidos, mugidos, bramidos y relinchos, el repiqueteo de cascos, los ágiles cowboys, revolviéndose veloces en sus sillas, lo inusitado, en fin, del espectáculo desconcertaba a Magdalena infundiéndole un cierto temor; pero sentÃase tan vivamente interesada que insistió en permanecer donde estaba hasta que consiguiese darse cuenta por sà misma de lo que veÃa, y explicarse aquellos ruidos y movimientos.
Al querer abarcar en su totalidad la escena, vio que no lograba aclararlo, por lo que determinó ir por partes.
—¿Quiere usted quedarse más tiempo? —preguntó Florencia; y al recibir afirmativa respuesta, previno a Magdalena—. Si ve venir hacia aquà a un novillo desbocado o a una vaca enfurecida deje a su caballo que haga lo que proceda. Él sabrá echarse a un lado.