Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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La incesante actividad continuaba en medio de un extraño clamoreo…, mugidos y bramidos, sordos baques de cuerpos que entrechocan, los agudos gritos de los vaqueros, las voces y pullas de los cowboys, que al obedecer a las rígidas órdenes replicaban chanceándose. Desempeñaban su arduo cometido como si fuese un juego que había que llevar a cabo alegremente. El uno cantaba, el otro silbaba, el otro fumaba un cigarrillo.

El sol cayendo con fuerza sobre jinetes y corceles hacia que ambos apareciesen llenos de sudor. Los característicos semblantes rojos de los cowboys estaban cubiertos de una capa tan espesa de polvo, que no era posible distinguirlos de los vaqueros sino por la diferencia en el vestir.

Algunos tenían las manos tintas de sangre. La atmósfera era pesada, sofocante, impregnada de la catinga[8] de las reses y del olor de cuero quemado.

Magdalena empezó a sentirse indispuesta. El polvo la ahogaba y el hedor era casi insoportable. A pesar de esto, empeñóse en permanecer allí. Florencia la instaba a que se marchase, o por lo menos a que se retirase a un lugar más reposado. Stillwell secundaba a Florencia. Magdalena rehusó, sonriente. Luego, su hermano metió baza.


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