Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Los cowboys demostraban igualmente su prodigioso dominio de las monturas. A pesar de su indiferencia, Magdalena observó en ellos una consideración por las reses y por sus monturas de que carecían los vaqueros. Cambiaban de caballo con mayor frecuencia, y al descartarlos no los dejaban tan jadeantes, tan cubiertos de sudor como aquéllos. Después de una hora de atenta y detenida observación, Magdalena empezó a darse cuenta del peligro y fatiga que entrañaba la labor de los cowboys. Durante el rodeo no descansaban un instante, hallándose de continuo entre reses salvajes de enorme cornamenta. En múltiples lances debían la vida a sus caballos. El momento de mayor riesgo era cuando el cowboy echaba pie a tierra para barbear al ternero y aplicarle el hierro, pues a veces la madre acometía con la testuz baja y ladeada. Magdalena hubo de reprimir en más de una ocasión el grito que involuntariamente subía a sus labios al ver a un hombre en peligro de ser corneado. Un cowboy laceó una ternera que empezó a mugir lastimeramente. Su madre embistió al arrodillado cowboy, que pudo eludir la acometida tendiéndose en el suelo. Luego, incorporándose, quiso echar a correr, pero sus zambas piernas le impedían hacerlo con celeridad. Otro fue derribado y pisoteado por una res mientras su montura emprendía un desenfrenado galope. Cerca de ella un novillo se vino a tierra preso en la gaza de un lazo. El cowboy que se lo había echado desmontó ágilmente y a la sazón su caballo comenzó a bailotear, yéndose a la empinada o encorvándose para cocear, mientras galopaba en círculo al otro extremo del lazo tomando el derribado novillo por eje. El cowboy desató a la res, viéndose a su vez arrastrado en la hierba por su montura. Magdalena casi se horrorizó al ver luego a aquel cowboy reducir a la obediencia al arisco animal. Luego dos jacas a galope chocaron violentamente, cayendo una de ellas; el jinete de la otra, desarzonado, cayó también, recibiendo una coz antes de que pudiera incorporarse. Una vez levantado fustigó duramente al caballo, que se defendía enseñándole los dientes con la salvaje intención de morderle.


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