Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los ágiles vaqueros de morena tez la fascinaban. Parecían estar en todas partes a la vez, con los lazos volando, los caballos afianzándose sobre las patas delanteras, barbeando terneras y erales. Eran crueles para con, sus caballos, crueles para con el ganado. Magdalena se estremeció al ver cómo hendían los flancos de sus monturas las puntiagudas rodelas de sus espuelas hasta quedar cubiertas de sangre y de pelo. Vio a los vaqueros romper las patas a los becerros, dejándolos donde caían hasta que algún cowboy se acercaba para darles el tiro de gracia. Arrastraban a las reses varias yardas, —aunque hubiesen quedado presas por una sola pata—. No obstante haber visto montar a los cosacos y tártaros de las estepas rusas, Magdalena los calificó como los mejores jinetes del mundo. Eran raudos, ágiles, audaces, no erraban jamás al tirar el lazo y ¡qué admirable era la forma de dominar el caballo y las súbitas paradas, las inverosímiles medias vueltas, la firmeza con que resistían el brutal tirón de la bestia al tenderse!