Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena no pudo efectuar la visita a la pequeña Misión. Vio a un padre de facciones demacradas y tristes, y comprendió instintivamente que era un hombre bueno. Pasó a caballo por delante del modesto edificio, y al llegar al rancho, sintióse desfallecer de tal modo que Florencia tuvo que entrarla casi en brazos. Un esfuerzo de voluntad le permitió dominar su postración, aunque al hallarse a solas en su aposento hubo de sucumbir a ella. No perdió por completo el sentido, rehaciéndose pronto lo bastante para no requerir asistencia.
Cuando, a la mañana después del término del rodeo, salió al porche, Stillwell y su hermano parecían estar discutiendo sobre la identidad de un caballo.
—Yo creo que es mi viejo ruano —decía el ganadero, resguardándose los ojos para ver mejor.
—Bill, si ése no es el jaco de Stewart, no tengo ojos en la cara —replicó Al—. No lo digo por el pelaje ni por la estructura… está demasiado lejos para distinguir esos detalles. Es el movimiento… el balanceo.
—Quizá tengas razón. Pero… ese caballo viene sin jinete. Flo, tráeme mis gemelos.